El zumbido de los ventiladores anulaba cualquier otro sonido ambiente, incluido el despreocupado canturreo del psicólogo de personal.
—Pase —dijo reclinándose en su asiento sin quitar ojo al informe del siguiente empleado. Un directivo del grupo de banca de inversión y valores en el que trabajaba.
El chirrido metálico de la puerta pasó desapercibido. Un hombre enjuto, con gafas de lentes redondas y un ridículo peinado de raya pronunciada, entró visiblemente desorientado.
—Siéntese —dijo el psicólogo con voz firme, señalando la silla dispuesta al otro lado de su mesa.
—¿Qué es esto? —inquirió el sujeto. Su voz traicionaba los esfuerzos por por ocultar los nervios—. ¿Otra prueba? En qué chorradas gastamos...
—No se mueva —cortó su interlocutor calibrando la imagen de la retina del directivo en su monitor.
—Ya hice un par de tests para los de recursos humanos, no entiendo esta...
—El tiempo de reacción es importante —interrumpió el psicólogo ojeando nuevamente el informe—, así que responda con rapidez.
—Oh.
—La Sapienza...
—Una universidad.
—¿Disculpe?
—Ahí es donde estudié. Oiga, ¿esto es parte del test?
El psicólogo alternó la mirada entre el directivo y el informe varias veces.
—Está caminando entre un montón de gente que se manifiesta en Grecia...
—¿Ya empezó el test?
—Sí. Camina usted entre la muchedumbre enfurecida...
—¿Por qué?
—¿Qué?
—¿Por qué iba a caminar entre un montón de gente cabreada? ¿Qué pinto ahí?
—Quizá tiene curiosidad —dijo el examinador encogiéndose de hombros—, quizá no soporta ver a su país viniéndose abajo. ¿Quién sabe? De pronto, cerca de un viejo autobús en llamas...
—¿Un autobús?
El psicólogo respiró profundamente ante la enésima interrupción del directivo.
—¿Sabe lo que es un coche?
—Claro.
—Pues uno grande. El caso es que ese autobús en llamas separa al grueso de la multitud de un grupo más pequeño que hay al otro lado. Rodea usted el obstáculo y se topa casi de bruces con un desempleado en el asfalto que recibe porrazos de los antidisturbios. Este percibe su presencia y le mira a los ojos...
—Oh, por favor —protestó el directivo con el rostro brillante de sudor—. ¿Quién carajo escribe esas chorradas?
—Le mira a los ojos —continuó el examinador ignorando la queja—, y le pide ayuda. Pero usted permanece impávido, como si viera la televisión...
—¿Qué quiere decir con que permanezco impávido? —dijo el directivo con los párpados retraídos como acordeones.
—Quiero decir que no hace nada. El caído le suplica, pero usted no le ayuda. ¿Por qué no lo hace?
La única prueba de movimiento en el examinado fue una gota de sudor cayendo desde su sien izquierda. Miró entonces a la ventana con la brusquedad de un ave, y volvió a encarar al psicólogo con la cabeza ladeada y cara de pocos amigos.
Este no pudo evitar reírse al ver la reacción del hombre.
—Sólo son preguntas escritas por los de recursos humanos. Un test diseñado para provocar una respuesta emocional. ¿Continuamos?
El directivo asintió toqueteando su teléfono móvil.
—Descríbame las cosas buenas que recuerde acerca de su madre.
—¿De mi madre? —murmuró el sujeto ensimismado en su teléfono.
—Sí.
—Tenga —dijo ofreciéndole el artilugio—. Es mi madre, y quiere hablarle de su empleo.



