Cicerón contemplaba el mar desde la litera que los sirvientes sostenían a pesar del calor. Agarró con más fuerza su ejemplar de Medea, la obra maestra de Eurípides. Le traía recuerdos de su hija Tulia. No pasó por alto que estaba rememorando su vida como los ancianos que ven llegar a la muerte. Cargaba más de sesenta primaveras a sus espaldas, y se encontraba cansado, hambriento, derrotado. Aquello era demasiado grande incluso para él, para el gran Marco Tulio Cicerón, que encontraría la muerte en el país que tantas veces salvó. Los cuervos lo señalaron, casi empezaba a oír los pasos de sus asesinos emergiendo entre el murmullo de las olas...
Todo comenzó tres años atrás, cuando aquel tirano de los Claudia, Cayo Julio César, regresó triunfal de la Galia y deshizo el equilibrio de poder en Roma. El senado no tardó en nombrarle dictador vitalicio. ¡Vitalicio! Cicerón intuyó en aquel nombramiento una herida de muerte para la república. Malditos militares que usaban el senado como una legión más. ¡Cedant, arma togae!
Pero él fue cauto con César, por supuesto. Como gran orador, político y aún mejor abogado, Cicerón mantenía un aura popular y respetable entre los romanos, y el tirano perdonó que fuera afín a sus enemigos. Le convenía mostrarse magnánimo a ojos de la plebe, por fortuna. Aunque ya entonces descubrió en el nuevo dictador un brillo extraño en los ojos, una helada calma con la que no lograba empatizar.
Los meses pasaron y, próximas las Saturnales, Cicerón invitó a cenar a César en su villa de Puteoli aprovechando que el dictador pasaría por allí. Ahora que era la máxima autoridad del imperio, aquellos gestos tenían suma importancia. Sintió terror a su llegada, pero no por él, sino por la guardia de dos mil hombres que trajo consigo; no obstante supo tras aquella cena que debió temer más a César que a sus hombres. Su invitado paseó por los alrededores antes de sentarse a la mesa; alguien de la guardia aprovechó el momento para abordar a Cicerón en privado, un soldado llamado Lucio Mario que acompañó a César durante la campaña contra los galos sirviendo en la decimotercera legión.
Los labios de Lucio temblaban. Dijo acudir a Cicerón por tenerlo como hombre sabio, y no soportaba guardar el terrible secreto que oprimía su espíritu desde la campaña gala. Allí, tras luchar victoriosos contra los helvecios al norte de Aquitania, el propio Julio César se reunió en privado con un vencido Orgétorix, jefe de la tribu, en su cabaña. Este soldado, Lucio Mario, fue testigo directo de cuanto allí aconteció.
Según su entrecortado relato, entró en la cabaña para dar parte a César del estado de los heridos. Dentro se hallaban su intérprete y él, señalando con su gladius al jefe de los helvecios. Este, arrodillado, sostenía un brillante objeto con pavor. Parecía evitar que lo tomara César, quien exigió su entrega, pero Orgétorix se negó. Por lo que escuchó al intérprete, el objeto sólo había traído desgracia entre los galos y otras tribus, cuyas facciones se enfrentaban para regocijo romano. Incluso entre los propios helvecios había quien exigía la muerte de Orgétorix. César habló alto y claro.
Pasé por aquí expresamente por las noticias que me llegaron de este amuleto. Sólo traerá desgracia y discordia a los débiles. Soy un hombre de Roma y tú, bárbaro, me lo vas a entregar.
Tras la traducción del intérprete, el líder de los helvecios se aferró al objeto que ocultaba entre sus manos con mayor ahínco, y César, habiendo perdido la paciencia, hundió el cuchillo en la garganta de Orgétorix. Tomó del cadáver un extraño triángulo luminoso que contemplaba fascinado. Cuando cayó en la cuenta de la presencia de Lucio Mario en la entrada, quien aún se encontraba preso del pánico, afirmó que la Galia caería. Y salió sin decir nada más.
Nunca antes lo vimos así. Todos los demás se animaron ante tal cambio. Sin que antes fuera mal líder, pasó a dar arengas siempre certeras a sus hombres, y mostró una agudeza táctica que, dicen, no se veía desde tiempos de Alejandro. Pero yo no compartí tamaño entusiasmo, pues sabía que César estaba hechizado por aquel bárbaro amuleto, siempre consigo desde entonces. Tuve la impresión de que tendría un poder terrible en manos de tan grande señor. La Galia fue aplastada sin posibilidad de revancha, lo que confirmó mis temores. Incluso cometió excesos que sorprendieron a algunos, como ordenarnos amputar las manos de todos los supervivientes de las últimas insurrecciones para extender el terror en la Galia. El resto de la historia ya lo conocéis. Oh, ya regresa...
Al principio, Cicerón pensó que aquel pobre soldado perdió la cordura en la guerra. Era normal entre los animales que a menudo poblaban las legiones. Pero el Cayo Julio César que cenó con él no era el que recordaba. Tan seguro de sí mismo, tan frío, con ese apenas perceptible fulgor en los ojos. Conocía el resto de la historia, claro: César regresó de la Galia con renovado poder, eliminando toda competencia.
El imperio era suyo.
Debido a su victoria, y con la disposición de no abusar de su magnanimidad, Cicerón le prometió no inmiscuirse en política. Así pues, habló en la mesa sobre sus quehaceres literarios, eludiendo comentar cualquier asunto de actualidad. En cuanto el dictador abandonó la villa con su guardia, ya había tomado una decisión. Aquel hombre era un peligro para la república, y el secreto de su poder demasiado valioso para ser contado. Sin embargo, continuó la correspondencia con Ático, su mejor amigo y confidente, sin mencionar estos quebrantos. De cara a los demás, aquella fue una cena agradable con un antiguo enemigo.
Pero Cayo Julio César debía morir.
No era el único con tal anhelo. Estaba en Roma, y muchos de los que apoyaron a los enemigos de César, aún perdonados como Cicerón, deseaban su muerte. Aunque lo temían; tal vez no de la misma manera que él, pero captaban a la perfección que César era mucho más que un simple procónsul con suerte. Por tanto, Cicerón se dedicó a verter en los oídos adecuados lo terrible de una dictadura cesariana, con cuanta sutileza fue capaz. Del incipiente descontento sobresalieron dos rebeldes: Cayo Casio Longino y Marco Junio Bruto.
Instigados por Cicerón, Casio y Bruto organizaron una conspiración para asesinar a César. Fueron días tensos, de caminatas furtivas en mitad la noche y reuniones clandestinas. Un sólo rumor de conjura y sus cabezas rodarían en la Roca Tarpeya. La ejecución se estableció en el foro, para una mayor vulnerabilidad. Por supuesto, Cicerón se guardó bien de verse relacionado con el asesinato gracias a sus mejores artes oratorias; al fin y al cabo todo se podía torcer, y el tirano aún le inspiraba temor. Mantuvo su relación con los conspiradores en términos ambiguos. "Me simpatiza vuestro motivo, pero el asesinato es una insensatez. Ahora bien, de proceder en semejante locura, yo haría esto..." Así, mientras en la práctica organizaba el atentado, los conspiradores le echaban en cara que no se inmiscuyera, e incluso que dudara del bando. Benditos estúpidos.
El día clave fue el Idus de Marzo, cuando un número considerable de senadores estaban al tanto del plan. Un día soleado, en apariencia corriente. Cicerón se encontraba con ellos. Allí fue convocado César, quien se dispuso a leer el texto que uno de los conspiradores le entregó. Mientras lo hacía, un tribuno de la plebe le propinó un corte en el cuello con su daga en un movimiento veloz y sorpresivo. César volvió su cabeza hacia él con parsimonia, los ojos prendidos con un mágico y aterrador fulgor rojizo. Cedió a la furia y agarró al agresor por el cuello, levantándolo como a un vulgar trapo. Aquel fue el detonante. Ante las llamadas de auxilio del tribuno, todos los senadores involucrados -menos Cicerón, claro- se abalanzaron sobre César, quien lanzó a su atacante al otro lado del foro con un sólo brazo para hacer frente a la que le iba a caer.
La escena fue horrenda, pues el tirano parecía la reencarnación de Hércules. Asesinó a once senadores con sus propias manos antes de que la montaña lo redujera a cuchillo. Algunos huyeron a trote. ¡El tirano ha muerto! gritó Bruto con su ensangrentada daga en alto. Cicerón, horrorizado, optó por poner pies en polvorosa. ¡Lástima que le resultara imposible adentrarse en el tumulto para arrebatar al tirano muerto aquel maligno horror traído de la Galia!
Días turbulentos sucedieron a la muerte de Julio César. Su discípulo Marco Antonio organizó un funeral en el que ganaría el favor la plebe que repudió a los conspiradores; no les hizo quedar como liberadores de la tiranía de César, sino como traidores. Aquello obligó a Bruto, Casio y los suyos a huir hacia Atenas. ¡Malditos aficionados! Por fortuna nadie relacionó de forma directa a Cicerón con los asesinos, por lo que era libre de actuar, de devolver el poder a las togas. Con César fuera de juego, pudo retornar a la política romana atacando a su sucesor con la oratoria más hiriente que pudo. En eso sí le iba la vida, pues si Marco Antonio se convertía en el nuevo dictador vitalicio, no olvidaría que Cicerón logró la condena a muerte de su padrastro tiempo atrás.
Pero el miedo, el auténtico pavor, regresó cuando volvió a verlo en el senado. Antonio poseía ese brillo en los ojos. ¡Arrebató el amuleto a César! ¿Cómo se manifestaría el poder del objeto en Marco Antonio? No importaba. Con esa ventaja o sin ella debía abandonar el poder, pues era aún peor que César; un oportunista, ignorante de la propia Roma, que sólo quería oro y mujeres y despreciaba al senado. No obstante, Casio y Bruto huían de Roma y una nueva conjura como la que acabó con César estaba fuera del alcance de Cicerón. ¿Qué amenazaría el poder del discípulo de César? ¿Quién osaría alzarse directamente contra Marco Antonio? ¡Desesperanza!
Para sorpresa de todos, un desconocido sobrino de César, Octavio, hizo acto de presencia.
Un joven de astucia muy superior a su edad. En aquellos momentos se encontraba con el ejército fuera de Roma. Pasó a ser hijo adoptivo de César, quien legó grandes fortunas para el chico en su testamento. Octavio no dudó en usarlas para comprar más y más legiones a su favor. Poco tardó Cicerón en intercambiar correspondencia con él con el fin de tenerlo de su lado; lo apremió para echar del poder a Marco Antonio, pues actuaba bajo el embrujo de un horror proveniente de la Galia. No era prudente especificar más. Octavio regresó a Roma como heredero legítimo de César, y Marco Antonio, lejos de reconocerlo como tal, le intentó presentar batalla.
Contaba con el horror de la Galia, sí, pero era un altanero, bebedor, derrochador y rebelde. No le sirvió. Con apoyo de Cicerón, Octavio se hizo con el poder en Roma. Lo hizo con maneras de rey, para su disgusto, pero era un mal necesario. Marco Antonio acordó dejar las hostilidades, y quedaba esperanza de que las aguas volvieran a su cauce.
De algún modo Octavio sabía que César buscaba ese objeto en la Galia, y ocultó el hecho a Cicerón. Sus espías arrebataron a Marco Antonio el amuleto que tomó del cadáver de César en el foro, y este de Orgétorix en Aquitania, y quién sabe hasta cuándo se remontaría aquel antiguo mal.
La tiranía tomaba a Octavio por momentos; al principio visitaba el senado acompañado de legionarios, intimidando a quienes no aprobaran leyes que restaban poder a los senadores en su favor. A las pocas semanas incluso el republicano más convencido aprobaba cuanto proponía el emperador de facto con más fervor que reticencia. Diríase que Octavio aprendía a usar su propio embrujo contra los demás. Sin lugar a dudas, aquel chico flacucho y pálido, a quien una vez Antonio llamara con desprecio Octaviano, sacaba mayor partido que nadie del poder de aquel artefacto. Quizá Cicerón no viera doblegada su voluntad por el embrujo al conocer el auténtico origen de todo aquello; difícil panorama, por otra parte, para crear una conspiración como la que acabó con su tío. Y si quedaban enemigos del nuevo dictador, estarían proscritos.
Sin embargo, aún creía que era cuestión de tiempo deshacer el entuerto; Octavio era el ganador y Cicerón de los suyos. ¿Se percataría de que no estaba bajo su poder? Nunca antes en sus numerosos años en la política padeció tanto miedo en el propio senado.
La pesadumbre era justificada.
Cicerón se enteró de la terrible noticia en su villa de Tusculum -muchos romanos adinerados tenían residencias allí-. Marco Antonio se unió a Octavio para cazar a los asesinos de César. No escapó a Cicerón que Antonio nunca se hubiera aliado con el hijo adoptivo del tirano de no ser por el embrujo de Octavio. A esta nueva alianza también siguió una serie de matanzas selectivas de gente que resultaba incómoda al poder, o que era susceptible de poseer grandes fortunas. Uno de los lugareños, agitado, llegó con la aterradora nueva: Cicerón era uno de los proscritos. Marco Antonio exigió literalmente su cabeza y sus manos para exhibirlas en el foro, y Octavio, pese a la reticencia inicial, accedió a su petición para facilitar la alianza.
Estaba vendido.
Huyó viajando a Astura gracias a sus esclavos, quienes lo transportaron en literas. Con frecuencia le llegaban rumores de su persecución, y la angustia lo consumió como una fogata durante días imaginando a César, Antonio y Octavio persiguiéndolo con aquellos ojos refulgentes de maldad. Cansado, temeroso e impotente, ordenó a sus sirvientes desviarse a la villa que tenía cerca de Formiae, a través del mar.
Durante la travesía, una bandada de cuervos se posaron en el penol de la verga, para mirar al abatido Cicerón como buitres a una presa potencial. El presagio era claro, los ojos de los cuervos refulgían en la oscuridad; formaban parte del hechizo que afectaba a Octavio, de aquel maldito objeto que les llevaría a la ruina tarde o temprano como antes hiciera con los galos y helvecios. Los esclavos, atemorizados, los ahuyentaron.
Una vez en la villa, Cicerón intentó descansar en el interior de su casa. Durmió con la cabeza cubierta hasta sentir que algo lo destapaba. Era otro de esos cuervos tirando de la prenda con su pico para encararlo con los ojos luminosos. Presa del pánico, lo apartó de un manotazo y este salió graznando por la ventana. Los sirvientes, sin saber qué hacer por su amo, decidieron acercarlo al mar en su litera para que le diera el aire.
Y allí estaba, barbudo, agotado y polvoriento, huyendo del horror de la Galia y de los sicarios de Marco Antonio. Cerró el libro lamentando no haber enviado una última carta a su viejo amigo Ático contándole todo, acaso él pudiera cumplir su cometido. Pero en el fondo no quería involucrar a nadie querido en tan peligrosa empresa. La oportunidad ya pasó. Se encontraban en manos de los dioses.
Cuando escuchó la llegada de sus perseguidores, rogó a sus esclavos que dejaran la litera en el suelo. Tras correr la cortina reconoció en la distancia a Popilio Lenas, un tribuno militar al que Cicerón defendió con éxito en un caso civil años antes. Qué ironía. Este permaneció lejos, y ordenó acercarse a uno de sus hombres.
Resignado, Cicerón se limitó extender la cabeza para mostrar su cuello y que aquello acabara de una maldita vez. Esperaba que al menos el soldado supiera decapitarlo. Se detuvo frente a él sin hacer nada, lo que obligó a Cicerón a alzar la mirada con una ceja en alto.
Aquellos terribles ojos de nuevo, aquella sonrisa maligna. El horror de la Galia.
No hace falta que facilites mi trabajo, anciano. ¿Creías que podrías escapar? Un simple mortal no puede huir de mí. Soy la maldición errante, soy la discordia, soy el divisor y destructor de civilizaciones. Desde que me desenterraron en el sur en tiempos inmemoriales, me he alimentado de la ambición y maldad humana para devolver a cada civilización a la oscuridad de la que emergió. Creíste ser ajeno a mi influencia, pero pese a tu difícil lucidez conseguí que fueras un instrumento más. Medraré en Roma para que tu imperio comience su caída, arrogante abogado; todos creerán que tu muerte fue obra de Marco Antonio, pues la descuidada historia pasa a través de mí como una gota atraviesa un alfiler, y no me ve entre sus sombras. Estás solo. Ahora muere, Marco Tulio Cicerón. Que tu vela se apague con la de tu república fantasma.
Los esclavos se cubrieron el rostro, deslumbrados por el reflejo del sol en la gladius alzada.
